El silencio en el salón era tan denso que podía escuchar el suave crujido de las mechas de las velas ardiendo. Mikhail no se movió de inmediato; se quedó allí, disfrutando del impacto que mi presencia causaba en los rostros de los hombres que, hasta hace una semana, me veían como una pieza prescindible. Sentí el calor de su mano en mi cintura, un anclaje sólido mientras mis ojos recorrían la multitud vestida de luto hasta clavarse en la mesa de los Giovanni. Mi hermana apretaba su copa con tant