Mis pasos se detuvieron frente a la mesa y los miré a cada uno de ellos con una parsimonia no propia de mí. Era el tipo de calma que precede a las tormentas que hunden imperios. El eco de mis tacones sobre el mármol se había extinguido, dejando un vacío que nadie en esa mesa se atrevía a llenar. Los observé con la frialdad de un coleccionista que examina piezas defectuosas; ya no veía en ellos a mis protectores, sino a mis objetivos.
Observé a Giulia y a mi padre uno al lado del otro, formando