Pasé la mañana entera encerrada en mi habitación.
La carta seguía sobre la cama, abierta. La había leído tantas veces que ya me sabía cada palabra de memoria. La letra torcida de Teo. Esa frase que no podía sacarme de la cabeza: "El niño que te quiso más que nadie."
Cerré los ojos. Apreté los puños.
No puedo dudar. No puedo.
Pero el odio que me había mantenido viva durante tres años se estaba desmoronando. Como una pared vieja que de repente se agrieta y amenaza con caerse entera.
Necesitaba ha