Esa noche, Verónica se había esmerado más de lo usual. Su vestido negro con un delicado encaje en los hombros y un maquillaje que realzaba su mirada eran prueba de ello. Emanuel, al verla, quedó completamente maravillado. Sus ojos azules la recorrieron de arriba abajo con una intensidad que la hizo sentir que era la única mujer en el mundo. Él, impecable con un traje gris oscuro y una camisa blanca, también había hecho un esfuerzo por impresionar.
—Estás hermosa, Vero —dijo Emanuel, ofreciéndol