​Capítulo 2

Alexander Vance odiaba la incompetencia casi tanto como odiaba el café frío. Se masajeó el puente de la nariz, sintiendo cómo una punzada de dolor comenzaba a instalarse justo detrás de sus ojos. Eran apenas las once de la mañana y ya sentía que el día se le escapaba de las manos, un lujo que el director ejecutivo de Vance Enterprises no podía permitirse. Su última asistente, una recomendación directa de uno de los principales inversionistas de la junta, había confundido los archivos de la auditoría fiscal con los contratos de la licitación de los muelles. Un error de cincuenta mil dólares que a ella solo le había costado el puesto, pero a él le había costado dos noches de insomnio.

​Arrojó la pluma estilográfica sobre el escritorio de nogal. El golpe seco resonó en el silencio de su oficina del piso cuarenta.

​—Cinco minutos —se dijo a sí mismo, mirando el reloj de pared de diseño minimalista—. Solo cinco minutos antes de la llamada con la sucursal de Londres.

​Cuando la puerta doble se abrió, Alexander ni siquiera se molestó en levantar la vista de inmediato. Estaba terminando de repasar mentalmente las cifras de los informes de pérdidas. Esperaba a otra aspirante idéntica a las últimas seis que había entrevistado esa semana: trajes de diseñador demasiado perfectos, sonrisas ensayadas frente al espejo y un perfume tan dulce que terminaba dándole jaqueca a los diez minutos. Mujeres que buscaban el estatus de trabajar para él, pero que colapsaban a la segunda noche que tenían que quedarse en la oficina hasta las tres de la madrugada.

​Sin embargo, cuando el silencio se prolongó más de lo habitual, Alexander levantó la cabeza.

​La mujer que estaba de pie junto al umbral parecía a punto de ser ejecutada. No llevaba ropa de alta costura; vestía un traje sastre negro que le quedaba ligeramente grande en los hombros, como si hubiera perdido peso recientemente y no hubiera tenido el tiempo o el dinero para ajustarlo. Su cabello castaño estaba recogido en un moño bajo, un poco desordenado por el viento de la calle, y sostenía una carpeta de plástico desgastado contra el pecho como si fuera un escudo de armas.

​Pero lo que verdaderamente detuvo el hilo de sus pensamientos fueron sus ojos. Eran de un azul profundo, casi violáceo, y estaban fijos en él con una mezcla de absoluto terror y algo más que Alexander no logró descifrar de inmediato. Parecía que acababa de ver a un fantasma.

​—¿Señorita Ross? —preguntó él, endureciendo el tono de su voz para romper el letargo que se había apoderado de la habitación—. Tengo exactamente cinco minutos para esta entrevista antes de mi próxima reunión. Si planea quedarse allí congelada, le sugiero que no me haga perder el tiempo.

​El sutil regaño pareció surtir efecto. La mujer parpadeó con fuerza, tragó saliva y dio un paso adelante. El temblor en sus manos era evidente, pero a Alexander le llamó la atención la velocidad con la que intentó camuflarlo. Se enderezó, forzó una postura rígida y caminó hacia la silla frente al escritorio. Había algo en su forma de caminar, una ligereza casi imperceptible, que le provocó un extraño cosquilleo en la nuca. Un déjà vu molesto, como una palabra que tienes en la punta de la lengua pero no logras recordar.

​—Buenos días, señor Vance. Lamento el retraso de unos segundos —su voz era suave, pero tenía un timbre firme que chocaba directamente con la fragilidad de su aspecto—. Soy Emma Ross. Aquí está mi currículum y las referencias de mis empleos anteriores.

​Extendió la carpeta de plástico. Alexander la tomó, cuidando de que sus dedos no rozaran los de ella por mera costumbre profesional, aunque notó que ella retiró la mano con una velocidad casi cómica, como si el escritorio quemara.

​Abrió el archivo. Su mirada experta escaneó las páginas en segundos. No buscaba títulos universitarios en Harvard; buscaba estabilidad y resistencia bajo presión.

​—Trabajó tres años en el departamento administrativo de una firma de logística —comentó él, pasando la página—. Renunció hace cuatro años. ¿Por qué?

​Emma apretó las manos sobre su regazo. Alexander notó el movimiento de sus nudillos.

​—Asuntos personales, señor —respondió ella de inmediato. Demasiado rápido. Una respuesta ensayada—. Tuve un imprevisto familiar que requirió toda mi atención. Durante los últimos años he estado realizando consultorías independientes y trabajos independientes desde casa.

​Alexander entornó los ojos, clavando su mirada gris en ella. El vacío de cuatro años en un currículum era una señal de alerta para cualquier reclutador. Podía significar una demanda, un problema legal, adicciones o simplemente inestabilidad. Sin embargo, al observar la línea tensa de su mandíbula y la forma en que sostenía la mirada a pesar del miedo evidente que le tenía, Alexander intuyó que no se trataba de pereza. Había una urgencia en sus ojos azules, una desesperación contenida que él había visto antes en hombres de negocios a punto de la quiebra. Esta mujer necesitaba el trabajo no por vanidad, sino por supervivencia.

​—En esta oficina no hay espacio para los "asuntos personales", señorita Ross —dijo él, recostándose en su silla de piel y entrelazando los dedos—. Mi última asistente renunció porque no pudo soportar el ritmo. Trabajo los fines de semana, viajo con un aviso de dos horas y exijo que mi agenda esté coordinada a la perfección. Si su "imprevisto familiar" sigue siendo una distracción, este no es su lugar.

​—No lo es —interrumpió ella, con una vehemencia que lo tomó por sorpresa. Emma pareció darse cuenta de su tono y bajó la voz, pero mantuvo la intensidad—. Mi situación actual está completamente controlada. No tengo horarios restrictivos y mi disponibilidad es absoluta. Necesito este empleo, señor Vance. Y soy muy buena organizando el caos.

​Alexander guardó silencio durante unos segundos que se sintieron eternos. Estudió su rostro. No había rastro del maquillaje pesado que usaban las demás aspirantes; su piel era pálida y tenía unas ligeras sombras oscuras bajo los ojos que delataban noches de poco sueño. Y sin embargo, había una simetría en sus facciones que seguía molestándolo en el fondo de su mente. Una molesta sensación de familiaridad que se negaba a desaparecer. «¿La he visto en alguna conferencia de prensa? ¿En algún restaurante?», se preguntó. No, él recordaba los rostros de la gente de negocios. A ella la asociaba con algo más lejano, algo menos rígido que la oficina. Pero descartó el pensamiento; la falta de sueño le estaba jugando una mala pasada.

​El teléfono de su escritorio comenzó a parpadear con una luz roja. La llamada de Londres estaba en línea.

​Alexander cerró la carpeta de Emma con un golpe seco. Ella dio un pequeño brinco en la silla, conteniendo el aliento.

​—Tiene una semana de prueba, señorita Ross —dictaminó él, levantándose del escritorio. Su imponente estatura pareció reducir el espacio de la oficina—. Empezará mañana a las siete de la mañana. Si llega a las siete y un minuto, su contrato temporal se cancela. Recursos Humanos le enviará los detalles del seguro médico y el salario base esta tarde. ¿Tiene alguna pregunta?

​Emma se levantó de inmediato, como si la silla tuviera resortes. Por un segundo, Alexander creyó ver un destello de lágrimas en esos ojos azules, pero ella lo ocultó parpadeando rápidamente y asintiendo con la cabeza.

​—Ninguna, señor Vance. Mañana a las siete estaré aquí. Gracias por la oportunidad.

​—No me agradezca nada todavía. Mañana descubrirá si esto es una oportunidad o su peor pesadilla. Puede retirarse.

​Emma asintió de nuevo, tomó su carpeta gastada y caminó hacia la salida con pasos rápidos, casi huyendo.

​Alexander la vio desaparecer detrás de las puertas de nogal. El perfume que había dejado atrás no era de diseñador; olía sutilmente a jabón neutro y a algo que recordaba a la lluvia. Un olor extrañamente limpio en medio de tanta opulencia artificial.

​Se acercó al ventanal, observando los autos que se movían abajo como hormigas. Presionó el botón del intercomunicador de su escritorio.

​—Sarah —llamó a la recepcionista principal.

​—¿Sí, señor Vance?

​—La señorita Ross comenzará mañana. Dile al departamento de seguridad que prepare sus credenciales de acceso. Y Sarah... quiero que verifiquen sus antecedentes penales y financieros a fondo. No quiero sorpresas en mi piso.

​—Entendido, señor. Me encargo de inmediato.

​Alexander cortó la comunicación. Se acomodó el nudo de la corbata y descolgó el teléfono para atender a los inversionistas de Londres, pero por primera vez en meses, su mente tardó varios segundos en concentrarse en los números. La mirada de pánico de Emma Ross se había quedado grabada en el cristal de su oficina.

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