Mundo de ficçãoIniciar sessão
El olor a desinfectante industrial y café recalentado siempre le revolvía el estómago, pero esa mañana el efecto era el doble de destructivo. Emma Ross apretó la carpeta de plástico gastado contra su pecho, sintiendo el crujido del material contra sus costillas. A través del cristal empañado de la pequeña oficina de administración del hospital, podía ver a la contadora pasar los dedos sobre el teclado con una apatía que helaba la sangre.
—Lo lamento, señora Ross —dijo la mujer, sin molestarse en mirarla—. El fondo de asistencia de la clínica ya cubrió el máximo permitido para este trimestre. Si no se liquida el saldo pendiente de la cirugía de Leo y el depósito del tratamiento de mantenimiento antes del viernes, tendremos que suspender las citas de la próxima semana. —Son solo cuatro días —la voz de Emma sonó más quebrada de lo que pretendía. Tragó saliva, intentando recuperar la compostura—. El tratamiento es vital para sus pulmones, no pueden simplemente... —Son las políticas de la institución —interrumpió la contadora, levantando la vista por fin con una mueca que intentaba simular lástima—. Tres mil doscientos dólares. Si trae el comprobante de pago, el sistema reactiva las consultas automáticamente. Que tenga un buen día. Emma no respondió. Se dio la vuelta y caminó por el pasillo del ala infantil, arrastrando los pies como si pesaran toneladas. Al llegar a la habitación 4B, se detuvo ante la pequeña ventana. Leo, de apenas tres años, dormía plácidamente con una mascarilla de oxígeno cubriéndole la mitad del rostro. Se veía tan pequeño, tan frágil, y a la vez tan ajeno al monstruo financiero que su existencia le costaba a su madre. Emma apoyó la frente contra el vidrio frío y cerró los ojos. Tres mil doscientos dólares. Una cifra que para muchos era el costo de una cena o de un traje a medida, pero que para ella representaba un abismo insalvable. Tenía dos trabajos a tiempo parcial que apenas cubrían el alquiler del departamento y los medicamentos básicos. Necesitaba un milagro, o un empleo de verdad. Un empleo con un sueldo corporativo y un seguro médico premium. Sacó el teléfono del bolsillo. Tenía una notificación de una agencia de empleo que había ignorado durante tres días debido al pánico. «Cita de entrevista confirmada: Asistente Ejecutiva de Presidencia. Corporación Vance. 10:30 a.m.» Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Había evitado esa postulación como si fuera una sentencia de muerte. Vance Enterprises era el imperio más grande de la ciudad, y el apellido de su dueño era una cicatriz en su memoria. Cuatro años atrás, antes de que el mundo corporativo lo coronara, ella había sido una universitaria imprudente y él un hombre enigmático en un bar de hotel, ahogando las presiones familiares en alcohol. Una sola noche. Una sola noche de la que nació Leo. Emma miró de nuevo a su hijo. Los dedos de la culpa le apretaron la garganta. El orgullo no pagaba el oxígeno de Leo. El miedo a ser descubierta no iba a salvarle la vida. Si tenía que meterse en la boca del lobo para conseguir ese seguro médico y el sueldo que pedían en el hospital, lo haría de rodillas si era necesario. Una hora más tarde, Emma se encontraba en el piso cuarenta de la torre de cristal de Vance Enterprises. El contraste era grotesco. Aquí no olía a hospital; olía a madera costosa, a perfume de diseñador y a un dinero tan denso que casi se podía respirar. La recepcionista, una mujer impecable con un traje que costaba más que el alquiler de Emma, la miró de arriba abajo con una cortesía plástica. —¿Señorita Ross? El señor Vance la recibirá ahora. Por favor, pase. No le gusta hacer esperar a la gente, y mucho menos perder el tiempo. Emma asintió, alisándose la falda de su único traje sastre negro, un modelo de tres temporadas pasadas que le quedaba un poco grande debido a los kilos que había perdido por el estrés. Se obligó a enderezar la espalda, a adoptar la postura de la profesional eficiente que solía ser antes de que su vida se convirtiera en una carrera de supervivencia. Caminó hacia las imponentes puertas de doble hoja de madera de nogal. El pomo de metal se sentía helado bajo su mano temblorosa. «Hazlo por Leo», se repitió a sí misma en un susurro mental. «Hazlo por Leo y sal de aquí con el contrato». Empujó la puerta y entró. La oficina era inmensa, con ventanales del suelo al techo que mostraban la ciudad como un tablero de ajedrez. Detrás de un escritorio de líneas minimalistas, un hombre estaba de espaldas, hablando por teléfono con un tono de voz que hizo que a Emma se le erizara la piel. Era una voz profunda, áspera, cargada de una autoridad natural que no necesitaba gritar para imponerse. —No me importan las excusas de la junta, Marcus —decía el hombre, recorriendo la línea del ventanal—. Si el informe de riesgos no está en mi mesa a las dos de la tarde, busca otro lugar donde trabajar. Corto. El hombre colgó el teléfono y lo arrojó sobre el escritorio con un golpe seco. Luego, se giró lentamente. El aire se escapó de los pulmones de Emma de golpe. Cuatro años cambian a una persona, pero la estructura ósea de Alexander Vance era imposible de olvidar. Sus hombros eran más anchos, su mandíbula parecía tallada en piedra y llevaba el cabello oscuro perfectamente peinado, pero eran sus ojos lo que detuvo el corazón de Emma. Dos iris de un gris tormentoso, implacables, fríos y calculadores. El rostro del hombre con el que había compartido la noche más intensa de su vida estaba a menos de tres metros de ella. El rostro del padre de su hijo. Alexander la recorrió con la mirada, deteniéndose un segundo de más en sus ojos abiertos por el shock y en sus manos que apretaban la carpeta con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. El magnate enarcó una ceja, mostrando una ligera molestia ante la falta de saludo. —¿Señorita Ross? —preguntó él, su voz resonando en las paredes de la enorme oficina—. Tengo exactamente cinco minutos para esta entrevista antes de mi próxima reunión. Si planea quedarse allí congelada, le sugiero que no me haga perder el tiempo. Emma sintió el piso tambalearse bajo sus pies. Alexander la estaba mirando directo a los ojos, pero en su expresión no había reconocimiento, solo la fría impaciencia de un jefe acostumbrado a que el mundo se mueva a su ritmo. Él no la recordaba. Para él, ella era solo una desconocida más buscando empleo. Una oleada de terror y, al mismo tiempo, de retorcido alivio la inundó. Estaba a salvo, pero a un precio muy alto: acababa de entrar al territorio del único hombre que podía destruir su mundo si descubría la verdad.






