- Éramos una familia feliz en esta casa. - Empecé a reír.
- Lleno de hijas. Apretó mi mano, tirando de mí más rápido. – Porque nunca pudiste comprar un hijo. - resentimiento fingido.
Francis se sentó y antes de que yo pudiera hacer lo mismo, me sentó en su regazo. Tocó mi intimidad bajo la fina tela del camisón y besó mi cuello, haciéndome temblar de nuevo.
- No podemos quedarnos aquí para siempre. - dije, con voz fina, mientras él apoyaba su rostro entre mi hombro y mi cuello.
- Me gusta como