Corrimos por el camino de salida del laberinto, que conocíamos bien. Cuando llegamos a la puerta, estábamos casi sin aliento. Nos miramos y nos echamos a reír. Sí, fue una completa locura. Pero la locura más perfecta de toda mi vida.
Caminamos de regreso a la casa uno al lado del otro, sin tocarnos, uno al lado del otro. Me puse el abrigo de Liam sobre mi cuerpo, escondiendo el camisón. Saludamos a uno o dos conocidos que encontramos en el camino.
El viaje se hizo en silencio. De vez en cuando