La mañana amaneció cubierta por un cielo grisáceo, casi fúnebre, como si el mismo clima presintiera lo que iba a suceder. Pamela llegó al cementerio con pasos firmes, aunque por dentro se sentía frágil, como un cristal a punto de quebrarse. No podía dejar de pensar en Cristhian encerrado, en cómo las paredes de una celda lo mantenían alejado de ella. Y ahora, como si todo no fuera ya suficientemente doloroso, la justicia había autorizado la exhumación del cuerpo de Ciro.
El lugar estaba rodeado