La noche había caído con un silencio denso sobre la casa. Pamela, que hasta hacía unos minutos había estado revisando unos papeles en la sala, percibió un cambio en el aire. Era de esos silencios que se clavan en los huesos, presagio de una conversación que no se puede evitar.
Cristhian había pedido que se quedara con Abigail en su habitación; él debía hablar con Santiago, y ese “debía” pesaba como una sentencia.
En el despacho, la penumbra jugaba con las sombras de los muebles. Santiago estaba