El domingo amaneció con un cielo turbio, cubierto por nubes que parecían arrastrar consigo los presagios de los días anteriores. Pamela despertó temprano, inquieta, sintiendo una presión sutil en el pecho que no sabía nombrar. Cristhian dormía a su lado, el rostro sereno pero los músculos tensos, incluso en el descanso.
Había dormido poco. La conversación de la noche anterior —Luciana, Lina, las amenazas— había colgado como una sombra en el aire, y aunque Cristhian intentó reconfortarla, Pamela