La sala reservada de la funeraria era demasiado silenciosa. Las paredes claras, la luz tenue, el perfume discreto de flores blancas y madera pulida le daban al lugar una paz artificial. Una paz que ofendía la violencia de todo lo ocurrido.
Sobre la mesa central, una al lado de la otra, descansaban dos urnas.
Una más grande.
Una pequeña.
Liam entró solo. La puerta se cerró detrás de él con un clic suave. Sin guardaespaldas. Sin abogados. Sin amigos. Sin testigos. Solo él… y todo lo que quedaba d