El día en que Olívia huiría llevándose a su hija, la ciudad seguía viva sin imaginar que algunas historias ya se estaban derrumbando por dentro.
Aquella tarde, Laura entró al hospital de su padre con pasos lentos y firmes. Una mano sostenía su enorme vientre; la otra apretaba el bolso con demasiada fuerza. El sonido de sus tacones resonaba por el elegante pasillo, delatando una irritación que todavía no sabía cómo descargar.
Cuando llegó al despacho de Edgar, empujó la puerta sin llamar.
Y se d