El aire frente a la prisión parecía demasiado pesado para respirar. Liam permaneció inmóvil, con los hombros rectos, la mandíbula rígida y los ojos clavados en Alberto, como si aún estuviera decidiendo si había escuchado bien… o si su mente, herida por el encierro, empezaba a traicionarlo.
A su lado, Alex sintió que la sangre se le congelaba. Alberto acomodó el puño del saco con una elegancia afectada. La comisura de sus labios seguía cargando aquella sonrisa enfermiza.
— Un amigo como tú, Alex