Liam volvió a mirar el vientre. Y con la voz entrecortada, pero feliz… repitió, como si necesitara decirlo una vez más para creerlo.
—Soy padre de una niña —dijo, pasando la mano otra vez por su vientre, con un cuidado casi reverente.
Y esta vez… no era sorpresa.
Era orgullo.
Era amor. Era el comienzo de un hombre completamente perdido por su propia hija.
El obstetra carraspeó suavemente al volver a la sala, retomando el tono profesional con delicadeza.
—Entonces, Olívia… —dijo con calma— voy a