Edgar tragó saliva con fuerza.
—Solo… —empezó, pero se detuvo—. Maldita sea.
Y salió tras ella. Dentro de la mansión, Edgar entró a toda prisa. Una empleada bajaba las escaleras, sobresaltada por el ruido.
—¿Viste a Laura? —preguntó, pasándose la mano por el pelo en un gesto tenso.
La mujer asintió, nerviosa.
—Ella… se encerró en su habitación, doctor —respondió en voz baja.
Edgar subió corriendo. Llegó al pasillo y se detuvo.
—Maldita sea… ¿cuál es su cuarto? —murmuró, golpeándose el mus