La enfermera apartó la mirada, emocionada.
—Mi amor... —Olivia besó la frente de su hija una vez más.— Cuánto me habría gustado tener leche para calmarte. Cuánto habría querido ponerte contra mi pecho y hacer que todo mejorara.
La garganta se le cerró.
—No pude hacerlo. Perdóname.
Meredith apretó su pequeña mano contra la ropa de ella.
—Pero siempre tendrás mis brazos. —Olivia comenzó a mecerla suavemente.— Siempre. No importa tu edad. No importa tu tamaño. No importa cuánto peses.
Otra lágrima