Luna se detuvo en seco. Su cuerpo se tensó por un segundo, como si se hubiera asustado. Se giró despacio, todavía con la sonrisa medio atrapada en el rostro, confundida.
—Voy a ducharme, papá… —respondió, con un tono inocente, como si fuera lo más obvio del mundo.
Edgar caminó unos pasos. Su postura estaba demasiado controlada… y eso era lo que daba miedo.
Señaló discretamente el sofá, sin alzar la voz.
—Ahora no —dijo, directo—. Vuelve y siéntate ahí. Vamos a tener una conversación.
La sonrisa