Luna volvió a romper a llorar.
—Perdón, papá…
Edgar se quedó en silencio un instante. Luego hizo otra pregunta, de la nada, como quien guiaba a su hija hacia una verdad más grande.
—¿Qué le dijiste al niño de tu clase… cuando te llamó fea?
Luna parpadeó, confundida. Sorbió la nariz.
—Yo… yo dije que soy bonita… —respondió en voz bajita.
Edgar inclinó la cabeza.
—¿Y por qué dijiste eso?
Luna respondió con la voz todavía temblorosa, pero ahora con orgullo.
—Porque lo soy… —se limpió la nariz con