Edgar conducía con ambas manos firmes en el volante, los ojos fijos en la carretera, pero la tensión en su cuerpo delataba que, en realidad, no estaba allí. La mandíbula apretada, el maxilar duro, como si cada pensamiento fuera una batalla.
Laura iba en el asiento del copiloto. Observaba su perfil con atención, con el pecho oprimido desde la noche anterior.
Respiró hondo antes de hablar, escogiendo las palabras con cuidado… pero sin perder la firmeza.
—Negro… —le tocó suavemente el brazo, en un