Laura entró en el despacho de Edgar en el hospital sin hacer ruido. Él estaba de pie, de espaldas, mirando por el ventanal de vidrio, con el celular pegado al oído. Su postura rígida delataba tensión.
—Alex… —la voz de Edgar salió baja, controlada, pero cargada—. Ya hace una semana que no logro hablar con mi hija. Fui a la escuela dos veces, en los horarios que acordé con Marcela. En una, no envió a la niña. En la otra, recogió a Luna más temprano.
Laura se acercó despacio y lo abrazó por detrá