El ambiente en el mostrador cambió. El aire se volvió más denso, pesado, cargado de tensión. Ísis se cruzó de brazos, sosteniendo la mirada de la recepcionista.
—¿Y por qué eso sería una broma? —preguntó, con la voz firme.
La recepcionista soltó un suspiro impaciente.
—¿Tiene cita? —preguntó, fría.
—¿Por qué sería una broma? —insistió Ísis, inclinándose levemente hacia delante y apoyando la mano en el mostrador de mármol; los dedos tamborilearon suavemente sobre la superficie lisa, en un gesto