El silencio pesado después de la provocación inicial pareció congelar el aire. Liam se detuvo frente a Alex, los ojos verdes sombríos, cargados de una frialdad implacable, la presencia erguida e imponente.
—¿Desde cuándo te cuento lo que hago con una mujer entre cuatro paredes? —replicó, con la voz baja y cortante, como un golpe preciso.
Alex alzó una ceja. Su tono fue controlado, cargado de esa ironía fina que los abogados usan en los tribunales para desarmar a sus adversarios.
—Vaya, qué mal