Olga lo envolvió de nuevo en un abrazo cálido, de esos que acogen y reconfortan.
—Hijo mío… —dijo, emocionada—. Como siempre, cariñoso, educado y perfumado. —Se apartó un poco, analizándolo con un orgullo evidente—. Y como suele decir mi Laura… —sonrió, divertida— eres un hombre negro muy hermoso y poderoso. —Le tocó el rostro con ternura—. Felicitaciones por tu éxito, querido. Estoy muy orgullosa de ti.
Olga se volvió entonces hacia Marcela, con una sonrisa amable en el rostro.
—¿Y tú, querida