Edgar por fin alzó la mirada, y había tormenta en ella.
Laura respiró hondo, intentando no quebrarse.
—No me cargues a mí la culpa de que hayas sido un mal tipo. Porque el primer hombre que me usó fuiste tú —susurró—. Me voy. Haber venido aquí fue un error.
Laura se levantó y apenas dio dos pasos hacia la puerta cuando sintió que la sujetaban del brazo con firmeza.
Edgar la detuvo.
—¿A dónde vas? —sus ojos ardían—. ¿A servir de comidita para el primer hombre que se cruce contigo? ¿Qué historia