Laura tenía los ojos húmedos, la voz quebrándose.
—No lo sé… —murmuró—. Y por eso es mejor que me vaya ahora, antes de que todo empeore.
Intentó levantarse de inmediato, pero Edgar la sujetó por la cintura y la atrajo de vuelta, firme, sin agresividad, solo con una desesperación silenciosa.
Ella cayó sentada en su regazo y, antes de que pudiera protestar, la otra mano de él le sostuvo el rostro.
—Te eché tanto de menos, rubiecita… —su voz salió baja, ronca, cargada de sufrimiento—. Los primeros