Alex caminaba al lado de Ísis, acompasando su paso inestable mientras dejaban atrás el tumulto de la discoteca. La luz fría del estacionamiento iluminaba su rostro, a medio camino entre el cansancio y la terquedad. Él respiró hondo: era evidente que estaba más borracha de lo que quería admitir.
—Te voy a llevar a casa —dijo, firme pero tranquilo.
Ísis rió, esa risa torcida de quien hacía rato había cruzado la línea.
—No hace falta —agitó la mano en el aire, casi tropezando con su propio pie—. M