Laura ya casi había metido el pie en el coche del boy cuando sintió un tirón seco en el brazo. Su cuerpo se congeló, como si una descarga le recorriera de dentro hacia afuera. Supo exactamente quién la había tocado incluso antes de girarse.
Se giró despacio.
Edgar estaba allí. Plantado frente a ella. Los hombros tensos. El rostro cerrado. La mirada demasiado seria. Demasiado intensa. De esas que atraviesan el alma y arrancan heridas que una finge haber borrado.
—Vienes conmigo —dijo él, con la