Al volver a la sala, Alejandro y Susana estaban sentados en el sofá, con el rostro serio, y un ambiente pesado flotando en el aire.
Sobre la mesa había una cafetera lista, el agua ya hervida, pero nadie se había animado a servir.
Al ver que Camila había vuelto, Alejandro se enderezó un poco en su asiento y dijo:
—Camila, ven, acompáñame con un café. Hace mucho que no tomo uno hecho por tus propias manos.
Antes de que se casara con Mateo, a Alejandro siempre le había encantado el café que prepara