Ella seguía sin rendirse.
La paciencia de Gabriel se había agotado. Se levantó repentinamente y caminó hacia Isabella.
Instintivamente, Isabella tragó saliva y retrocedió dos pasos, hasta quedar con la espalda contra la fría puerta. Sus palmas estaban pegajosas por el sudor nervioso.
Conteniendo la respiración, murmuró:
—Señor Urquiza...
Gabriel extendió la mano con tono que no admitía réplica:
—Dámelo.
En un instante, el pánico se apoderó del rostro de Isabella. Su mirada era errática, incapaz