El olor acre del desinfectante impregnaba la habitación del hospital. La voz que llamaba el nombre de "Ana" se hacía cada vez más débil, hasta que desapareció por completo. Solo entonces el ceño fruncido de Gabriel se relajó ligeramente.
—Gabriel, yo...
—Fabiola, no hace falta que lo digas, acepto.
Gabriel interrumpió directamente las palabras que Fabiola no había llegado a pronunciar.
Un destello de sorpresa cruzó los ojos de Fabiola, pero rápidamente recuperó la compostura. Miles de palabras s