En el momento en que esas palabras cayeron, la alta figura de Mateo se tambaleó.
Al mismo tiempo, su pálido y atractivo rostro se llenó de incredulidad.
Al segundo siguiente, el hombre agarró desesperadamente los hombros de Fabiola, buscando frenéticamente una confirmación:
—Me estás mintiendo, ¿verdad? ¿Cómo podría haber sido infiel? ¡Amo tanto a Ana, es imposible que la engañara!
Viendo el estado de su hijo, Fabiola se mantuvo serena.
Repitió lo que acababa de decir:
—Mateo, realmente fuiste i