El reloj marcaba las ocho en punto cuando Stella cruzó la puerta del consultorio. Afuera, el ruido de la ciudad quedaba atrás como un murmullo distante. Adentro, el ambiente era cálido, con olor a lavanda y luz suave filtrándose por una ventana cubierta con cortinas beige. Aquel espacio siempre le había parecido seguro, casi como una burbuja ajena al mundo.
—Buenos días, Stella —la saludó la doctora Morgan, levantando la vista del cuaderno donde tomaba notas. Era una mujer de unos cincuenta año