Cuando salieron del probador y acyrus le dijo que se llevaba el traje azul, la dependiente tomó nota con la satisfacción de saber que había hecho un buen trabajo.
—Ahora —dijo Cyrus, volviéndose hacia las empleadas—, es su turno. Quiero que le consigan algo que la haga ver aún más preciosa de lo que ya es. Y quiero opciones. Muchas.
Stella abrió los ojos en shock.
—Cyrus…
Pero él ya estaba rodeado por cuatro dependientes que parecían soldados listos para entrar en acción.
—Algo elegante, algo dulce… y algo completamente inesperado —ordenó Cyrus como si estuviera dando instrucciones estratégicas.
—Por supuesto, señor Leroux —respondieron casi al mismo tiempo.
Las mujeres salieron disparadas como si se jugara la vida en ello. En cuestión de segundos, parecían hormigas laboriosas entrando y saliendo de los estantes, moviendo vestidos, trayendo perchas, revisando tallas, colores, texturas.
Stella se llevó una mano a la frente.
—¿Por qué tienes que ponerlas a correr?
—P