Cyrus alzó un mano y comenzó a frotar con la áspera yema de un dedo uno de los pezones de Stella. El coño de ella comenzó a tener espasmos y, cerrando sus ojos una vez más, sus caderas se arquearon, levantándose del colchón.
—Eres preciosa —le dijo él, con los ojos relucientes de deseo—. Y te deseo como nunca he deseado nada en mi vida.
Stella abrió los ojos. Pero sin dejarla reaccionar, Cyrus continuó:
—Ponte de rodillas y de espaldas a mí.
El tono dominante hizo que se le endurecieran los pezones, y obedeció encantada. Si iba a dejar de luchar, pensaba apurar hasta la última gota de placer.
Se dio la vuelta y se puso a cuatro patas, con todo el cuerpo vibrando de expectación, aunque se preguntaba por qué la habría puesto así. «Puede que simplemente le guste esta postura», pensó. O, conociendo a Cyrus, quizás pensara que con la sobrecarga emocional que sufría preferiría no verlo cara a cara en lo que fuera que tenía planeado.
Pero lo aceptaría, sin importar el por qué.