Cyrus alzó un mano y comenzó a frotar con la áspera yema de un dedo uno de los pezones de Stella. El coño de ella comenzó a tener espasmos y, cerrando sus ojos una vez más, sus caderas se arquearon, levantándose del colchón.
—Eres preciosa —le dijo él, con los ojos relucientes de deseo—. Y te deseo como nunca he deseado nada en mi vida.
Stella abrió los ojos. Pero sin dejarla reaccionar, Cyrus continuó:
—Ponte de rodillas y de espaldas a mí.
El tono dominante hizo que se le endurecieran