Stella guardó el último informe del día en una carpeta azul. El murmullo de la oficina se había ido apagando poco a poco; algunos empleados ya se despedían, otros recogían sus cosas con prisa contenida, deseosos de llegar a casa.
Dentro de su oficina, Cyrus se apresuraba a terminar de revisar los últimos informes que Stella le había enviado.
De repente, como siempre hacía, miró afuera de su oficina, hacia el escritorio de Stella.
No era una mirada distraída ni improductiva, sino esa costumbre silenciosa que había adquirido: comprobar que ella estaba bien, que seguía allí, que el día había terminado sin sobresaltos.
Stella levantó la vista y lo sorprendió mirándola. Sonrió, y él respondió al gesto antes de concentrarse de nuevo en la pantalla.
No pasaron ni dos minutos cuando el teléfono del escritorio de Stella sonó suavemente.
—Oficina del señor Cyrus Leroux —respondió ella con profesionalismo.
Escuchó unos segundos y luego miró hacia la oficina de Cyrus.
—Tu padre qu