—¿Estás emocionada, pequeña? —le preguntó Cyrus cuando se paró bajo el umbral de la puerta de su oficina y cruzó los brazos, apoyándose en el marco para observar cómo ella colocaba la última carpeta en el archivero.
Stella levantó la vista y lo miró, dedicándole una sonrisa tan dulce que Cyrus sintió que el corazón se le derretía en el pecho.
—Mucho —respondió ella sin poder contener la emoción en su voz y cerró el archivero—. Siento como si tuviera mariposas en el estómago.
Cyrus frunció ligeramente el cejo.
—Me encanta saberlo, pero ten presente que esas mariposas solo te las puedo ocasionar yo.
Ella rio y sacudió la cabeza.
—¿Ya terminaste?
—Ya. ¿Y tú?
—También —sonrió.
Cyrus se despegó del marco, descruzando los brazos y caminó hacia el escritorio de Stella.
—Entonces vamos. Mi padre ya está esperando.
—Vamos entonces —dijo ella, agarrando su bolso y sus cosas.
[...]
Stella salió del edificio casi saltando.
Intentaba caminar con normalidad, pero le era