A media mañana, la empresa tenía ese murmullo leve de teclas, teléfonos y pasos que todavía no alcanzaba su punto habitual de intensidad. Stella estaba sentada en su escritorio, revisando unos informes que debía entregar antes del mediodía. Se movía con lentitud, no por falta de habilidad, sino porque su mente insistía en divagar hacia los recuerdos desagradables que la noche anterior había intentado encerrar en algún lugar profundo.
Cada tanto se detenía, respiraba hondo y volvía a enfocarse