MARCO
Llegamos al orfanato poco antes del mediodía. El sol caía a plomo sobre la fachada blanca, demasiado limpia para lo que escondía. Rinaldi apagó el motor. Durante unos segundos, nadie se movió. El único sonido fue el tictac obstinado del reloj del tablero y nuestra respiración contenida.
—¿Estás listo? —masculló Rinaldi, sin apartar la vista del edificio.
—Más que listo —respondí—. Hoy vamos a demostrar que Martinelli está detrás de todo esto.
Rinaldi apretó la mandíbula.
—Estoy deseando o