VALENTINA
La fusta desciende de nuevo. Esta vez con un poco más de firmeza. No es un golpe seco; es un trazado lento, un dibujo de fuego sobre la piel de mi espalda baja. Un estremecimiento involuntario me recorre cuando el cuero negro roza la curva sensible del muslo, dejando una línea rosada que arde como un secreto a medias confesado.
—¿Lo sientes? —su voz es baja, dominante, como si ya conociera cada uno de mis rincones ocultos, cada punto débil—. Tu cuerpo habla por ti. Dice la verdad que