VALENTINA
El papel del desalojo ardía en mi bolsillo, un carbón vivo que consumía mi resignación y la convertía en una brasa de ira pura. No esperé. No podía. Cada minuto era un grano de arena que se escapaba en el reloj de arena de nuestro destino.
Crucé el patio con paso rápido, decidido, ignorando las miradas curiosas de los niños que jugaban con los escasos juguetes no quemados. Mi objetivo era la puerta principal, la calle, la ciudad, y en ella, la guarida del lobo.
—¡Hermana Valentina!
La