DORIAN
El silencio que siguió en el depósito era distinto. Ya no era la calma tensa de la espera, sino el vacío pesado que deja la violencia consumada. Solo lo atravesaban los sollozos ahogados, los hipos espasmódicos de los niños, arrodillados junto al cuerpo inmóvil de su madre. Formaban un cuadro patético, sus pequeñas espaldas temblando, sus voces susurrando fragmentos de oraciones que ya no creían. La inocencia no se perdía con un grito, pensé distante, sino con este silencio roto por llan