DORIAN
Con Falconi muerto a mis pies y Valentina en mis brazos, crucé el umbral del taller hacia la salida. Gaetano iba delante, abriendo camino entre los cuerpos y los escombros. Guiseppi cerraba la marcha, su arma barriendo las sombras, siempre alerta.
Salíamos de esa jaula. Salíamos del infierno.
Y entonces, el disparo. Un solo tiro, seco, preciso, que rasgó el silencio como un latigazo. Guiseppi giró sobre sí mismo, pero no cayó.
—¡FUEGO! —grité, tirándome al suelo con Valentina aún en braz