Los pocos invitados disfrutaron de los maravillosos platillos, las bebidas y el postre, sobró de todo porque los asistentes podían contarse con los dedos, y la gran ausente fue la novia. Adriano debió sentarse solo en la mesa de los novios a sonreír como un idiota frente al trozo de pastel mientras la gente comenzaba a irse.
Ni siquiera lo probó, a pesar de que le encantaba un buen postre, era una de las muchas delicias de la vida de la que se le privó cuando era niño, y no desperdiciaba ni una