Adriano tragó grueso, quería sacarle los ojos al maldito de Vico con sus propias manos.
— Pelea conmigo como un hombre, Vico, en igualdad de condiciones, fuera de esta trampa mortal en la que solo tú tienes la ventaja.
— Je, je, je… ¿Crees que soy tan estúpido?
— No, ¡Eres un cobarde!
— Un cobarde con ingenio, un cobarde que ha puesto en jaque al príncipe de la mafia.
— ¡Pero sigues siendo un miserable cobarde!
— ¿Por qué no vienes por mí, he Adriano? ¿Qué te lo impide? ¿Unas serpientes? ¿En se