Mundo de ficçãoIniciar sessão
El olor era lo primero que te golpeaba. No solo a muerte, sino a orín de rata, a humedad podrida y a ese dulzor metálico y enfermizo de la sangre que ya empezaba a descomponerse. La agente especial Elena Rossi respiró por la boca, un truco de novata que no lograba engañar a su estómago, y se obligó a mirar.
El haz de su linterna trotó por el suelo de hormigón del almacén abandonado de Red Hook hasta detenerse ante un bulto, junto a un montón de palets podridos.
Sofía.
Su hermana pequeña. La que, a los cinco años, le pedía que le hiciera trenzas. La que había llorado en su hombro por su primer desamor. La que se había alejado hacía dos años, envuelta en silencio y una adicción que Elena, en su arrogancia de hermana mayor y agente federal, juró que podría controlar.
Ahora yacía allí, hecha un ovillo, su cuerpo moreno y menudo diminuto en la inmensidad del espacio vacío. Tenía los ojos abiertos, vidriosos, fijos en un punto del techo que Elena no podía ver. Su blusa barata estaba manchada de algo más que suciedad.
El mundo se redujo al silencio ensordecedor de su propia sangre latiendo en sus oídos. De fondo, oía a los compañeros del equipo de la escena del crimen moverse con una eficiencia clínica que le pareció obscena. Flashazos de cámaras. Murmullos en radios. El agente especial a cargo del caso, un hombre canoso y cansado llamado Miller, se acercó. Le puso una mano en el hombro.
"Lo siento, Elena. Tenías que verlo."
Elena asintió, sin apartar la vista de Sofía. La rabia, fría y afilada como una hoja de bisturí, empezó a abrirse paso a través del shock. Su trabajo era procesar escenas. Buscar la historia que contaban los restos.
Se arrodilló, ignorando la humedad que empapó la tela de su pantalón de chaqueta. Examinó el cuerpo de su hermana sin tocarlo, con una mirada clínica que le destrozaba el alma. Moretones en sus antebrazos, como de ser sujetada con fuerza. El cuello marcado. Pero no había un charco de sangre alrededor. No era un disparo. Había sido estrangulada.
Y entonces, lo vio.
Justo sobre el pecho de Sofía, colocado con una precisión que resultaba aún más macabra, descansaba una rosa negra. Los pétalos, de un púrpura tan oscuro que parecía absorber la luz, estaban perfectos. Inmaculados.
Una firma. Una declaración de propiedad. Una amenaza.
El sello de la familia Moretti.
Elena sintió que el mundo se inclinaba sobre su eje. Los Moretti. El imperio de Salvatore Moretti, el patriarca anciano que controlaba la mitad de la costa este desde su fortaleza en Nueva York. Su sobrino, Dante, era el verdadero cerebro. Un fantasma del que solo se conocían rumores: su frialdad, su brillantez, su absoluta falta de piedad. El FBI llevaba años intentando infiltrarse y siempre fracasaba. Sus agentes eran descubiertos, o comprados, o simplemente desaparecían.
"La rosa negra", murmuró Miller a su espalda, corroborando sus pensamientos. "Su puta firma. Llevamos un año intentando meter a alguien dentro. Es imposible."
Elena se puso de pie. Sus piernas temblaban, pero su voz, cuando habló, era de un hielo sólido. "El caso se cierra, ¿verdad?"
Miller la miró y en sus ojos cansados vio la verdad. "Sin testigos. Sin pruebas que nos lleven a la cúpula. Solo un cadáver y una flor. El fiscal no querrá ni mirarlo. Lo siento, Elena. Pasa a archivo muerto."
Archivo muerto. Como su hermana.
Dos semanas después, Elena estaba en la oficina de su superior en la sede de la oficina del FBI en Nueva York. Sobre la mesa, entre los dos, había una carpeta. No era el caso de Sofía. Era una propuesta. Una locura.
"Es una foto de hace cinco años", dijo el subdirector adjunto Marks, un hombre con cara de bulldog y modales de acero. "Es la prima lejana de un pez pequeño de los Moretti, un tal Rizzo. Se llama Lia. Desapareció en Sicilia hace un año, probablemente muerta. Nadie la ha buscado. Nadie la echará de menos. Tú hablas italiano con fluencia, tienes la edad aproximada, el color de pelo... y el parecido es suficiente para colar en una foto borrosa o una presentación rápida."
Elena observó la foto. La chica, Lia, tenía sus mismos ojos oscuros, la misma mandíbula definida. Podía ser una prima lejana. Una posibilidad.
"Es un suicidio", dijo Elena con calma.
"Lo es", asintió Marks. "Pero es la única bala que tenemos. Los Moretti nos están humillando. Necesitamos a alguien dentro. Alguien que no sea un agente quemado. Alguien con... motivación extra."
La motivación extra. Sofía. La rosa negra en su pecho. La impotencia de ver su caso archivado.
"El plan de entrada es a través del club Vesper. Propiedad de los Moretti. Allí, un contacto nuestro fingirá ser un traficante independiente con un cargamento de heroína de alta calidad. Tu trabajo será estar allí, parecer que estás de paso y ofrecerte como traductora cuando surja una disputa con unos falsos rusos que la oficina pondrá. Llamarás la atención de un capo. Demuestras valor. Ya estás dentro."
Elena siguió mirando la foto. La desconocida muerta que le prestaría su rostro. Sofía, la hermana muerta que le prestaba su sed de venganza.
"Y si me descubren", dijo, sin ser una pregunta.
Marks no dudó. "Entonces no existes. No te conocemos. Tu cuerpo aparecerá junto a un maletero de un coche con una rosa negra en el pecho. Como tu hermana."
El silencio se instaló en la habitación. Elena podía oír el zumbido del fluorescente del techo. Podía sentir el peso de la foto de Lia en la retina. Podía ver, con una claridad dolorosa, la mirada vacía de Sofía.
Sabía que no iba a decir que no. Desde el momento en que vio la rosa negra sobre el pecho de su hermana, ya había tomado la decisión. Solo estaba esperando a que el resto del mundo se pusiera al día.
"Lia", dijo, probando el nombre en su lengua. Sabía la mentira. Sabía acero. Sabía de venganza. "¿Cuándo empiezo?"
Marks asintió, satisfecho, y le deslizó la carpeta. "Ayer. Tienes seis semanas para convertirte en ella. Para entonces, tendrás que estar lista para entrar en el Vesper Lounge y conseguir que un asesino se fije en ti."
Elena cogió la carpeta. En la primera página, junto a los datos de la fallecida Lia, había una nota escrita a mano con tinta negra. Decía: "Que Dios tenga piedad de tu alma."
Elena levantó la vista. Miró a Marks. "Dios ya no está en esta ecuación", dijo con una frialdad que la sorprendió a ella misma. "Solo yo y los Moretti."
Al salir del edificio del FBI, la lluvia fina de noviembre le golpeó la cara. Metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sus dedos tropezaron con algo. Un objeto pequeño, metálico y frío. Lo sacó.
Era el collar de Sofía. El que llevaba en la foto de su mesa. El que, según el informe, no había aparecido en la escena del crimen. El que Elena había encontrado esa mañana, sin explicación, metido en el bolsillo de su chaqueta deportiva del gimnasio.
Las letras de su nombre, "Sofía", grabadas en la pequeña placa de plata, brillaron bajo la luz de la farola.
No había manera de que hubiera llegado allí.
A menos que alguien hubiera estado en su casa.
A menos que alguien le estuviera enviando un mensaje.
Elena se quedó paralizada en medio de la acera, la lluvia empapándole el pelo, el frío metal del collar quemándole la palma de la mano. Miró a su alrededor. La calle estaba llena de transeúntes anónimos con paraguas. Taxis amarillos salpicaban charcos.
Uno de ellos, un hombre con gabardina oscura, se detuvo un instante al otro lado de la calle. No pudo verle la cara, solo la silueta. Luego, el hombre se dio la vuelta y se perdió entre la multitud.
El corazón le golpeaba el pecho con una fuerza brutal. Miró el collar. Miró hacia donde el hombre había desaparecido.
Ya no había vuelta atrás. La decisión ya no era solo suya. Alguien más la había tomado por ella.
Alguien la estaba observando.
Y ese alguien acababa de decirle, con la elocuencia del silencio y un objeto robado de la escena del crimen de su hermana, que el juego había comenzado. Y que ella no era la única que conocía las reglas.







