La Prueba

Roma, Italia

Doce días después

El paquete pesaba menos que un secreto y más que una condena.

Elena lo sostenía contra su pecho mientras caminaba por el callejón trasero de Trastevere; sus tacones resonaban contra el adoquín húmedo. Las instrucciones habían sido simples: recoger en el mercado, entregar en la dirección escrita en la tarjeta que ya había quemado en el fregadero de su apartamento. No abrir. No preguntar. No desviarse.

Había hecho las tres cosas mentalmente cien veces desde que dejó el mercado.

El sobre de manila contenía algo rectangular, delgado, con bordes que podían ser de dinero o podían ser de documentos. El peso era incorrecto para un efectivo demasiado ligero, demasiado uniforme. Elena había sostenido suficientes paquetes ilegales en su carrera para saber que esto no era una simple transacción de drogas.

Eso era precisamente lo que la asustaba.

Dos semanas dentro de la organización Moretti, y todavía estaba en la periferia, observada pero no aceptada, tolerada pero no confiable. El rescate del capo en la discoteca le había comprado una entrada, pero no un asiento en la mesa. Los hombres que custodiaban las puertas todavía la miraban como mirarían a un perro callejero alimentado por caridad agradecidos por su presencia, pero listos para patearla si mordía la mano equivocada.

Y luego estaba Dante.

El underboss no había hablado con ella desde esa primera noche en el Vesper. Pero ella sentía sus ojos como una presión atmosférica, una presencia constante en los bordes de su visión. Él aparecía en puertas cuando ella entraba a las habitaciones. Sus hombres cambiaban de posición cuando ella se acercaba demasiado a ciertas conversaciones. Anoche, había encontrado una chaqueta colgada en el respaldo de su silla en una cafetería donde ella se había sentado sola una chaqueta que no estaba allí cuando ella pidió su espresso, pero que apareció mientras ella esperaba.

Él la estaba estudiando. Evaluando. Decidiendo.

Y ella todavía no tenía ni idea de dónde estaba la puta evidencia que vinculaba a su hermana con esta familia de m****a.

El callejón se estrechó, las paredes de ladrillo envejecido cerrando a su alrededor como un puño. Elena aceleró el paso instintivamente, su entrenamiento gritando en la base de su cráneo antes de que su mente consciente procesara el peligro.

Dos hombres bloqueaban la salida delantera.

Tres más emergieron de un portal detrás de ella.

Elena se detuvo, calculando distancias, ángulos, opciones. El callejón era una trampa de rata sin ventanas a nivel de calle, sin puertas laterales, sin salidas de emergencia. Solo paredes de piedra de tres siglos y cinco hombres con las caras parcialmente cubiertas por bufandas y la actitud de quienes habían hecho esto antes.

El líder alto, delgado, con ojos demasiado juntos, sonrió sin calor.

"El paquete, belleza. Dámelo y te dejamos ir con los tacones puestos."

Elena ajustó su agarre. El sobre crujió suavemente. "¿Quién pregunta?"

"La gente que te va a romper las piernas si no cooperas." Dio un paso adelante, confiado, perezoso. "No sé qué hiciste para merecer un trabajo de mensajera, pero los Moretti no valen tus huesos rotos. Dame el sobre y vete a casa. Vive para servir café otro día."

Detrás de ella, los otros tres se acercaron. Elena podía oler su colonia barata mezclada con el aroma de la humedad y el escape de las vespas en la calle principal.

Su entrenamiento gritaba: neutralizar, escapar, sobrevivir.

Su cobertura susurraba: Lia Moretti es prima lejana, no peleadora callejera. Lia Moretti sirve copas, no rompe cráneos.

Pero Lia Moretti también había crecido en Sicilia, en un pueblo donde las niñas aprendían a defenderse o aprendían a sangrar.

Elena bajó el paquete a su costado, relajando los hombros, proyectando sumisión. "Mira, no quiero problemas. Soy nueva en esto. Solo necesito el dinero."

El líder asintió, satisfecho. "Claro que sí. Todos necesitamos"

Elena se movió.

Fue más rápido de lo que cualquier civil debería ser, pero no tan rápido como su entrenamiento le exigía. Usó el paquete como señuelo, lanzándolo hacia la cara del líder mientras giraba sobre su talón y clavaba el borde de su mano en la tráquea del hombre más cercano detrás de ella.

Él cayó gorgoteando.

Los otros dos retrocedieron, sorprendidos, y ese medio segundo de vacilación fue todo lo que Elena necesitó. Atrapó al segundo por la muñeca, giró bajo su brazo y usó su propio impulso para estrellarlo contra la pared de ladrillo. Su cabeza hizo un sonido húmedo y terrible.

Tres abajo. Dos arriba.

El líder estaba recuperándose, el paquete en sus manos, confusión y furia guerreando en su cara. El último hombre grande, lento, con tatuajes que subían por su cuello, sacó un cuchillo.

Elena evaluó: distancia, ángulo, la longitud de la hoja, la postura del hombre (pies planos, peso atrás, sin entrenamiento real). Podría desarmarlo en tres movimientos. Podría romper su muñeca en dos.

Pero una mujer de la calle, una prima lejana que había aprendido a pelear en los patios escolares de Sicilia, no sabía desarmar a hombres con cuchillos en tres movimientos.

Así que Elena gritó.

No un grito de terror, un grito de batalla, primal y feroz. Se lanzó hacia adelante, no hacia el cuchillo sino hacia el hombre, a través de él, usando su propio peso para desequilibrar. Su hombro impactó contra su pecho y ambos cayeron, ella encima, sus rodillas encontrando sus brazos, sus uñas largas, rojas, perfectas encontrando sus ojos.

Él aulló. El cuchillo cayó. Elena lo pateó hacia las sombras.

El líder la miró, el paquete olvidado en sus manos, su expresión cambiando de furia a algo que podría haber sido respeto o podría haber sido miedo.

"Eres una perra loca," dijo.

Elena se puso de pie, jadeando, su vestido rasgado, su rodilla sangrando a través de la media. Extendió una mano, la palma hacia arriba.

"El paquete. Ahora."

Él dudó. Detrás de ella, los hombres en el suelo comenzaban a moverse, quejándose.

Entonces, desde el final del callejón, una voz cortó la noche como un cuchillo.

"Entrégalo, Marco."

El líder Marco se congeló. Su cara palideció incluso en la tenue luz.

Dante Moretti emergió de las sombras como si siempre hubiera estado allí, como si las paredes mismas lo hubiera exhalado. Vestía traje completo, oscuro, sin corbata, sus manos en los bolsillos con una relajación que era más amenazante que cualquier arma.

Detrás de él, cuatro hombres esperaban en la boca del callejón. Profesionales. Silenciosos.

Marco tragó visiblemente. "Dante fue un malentendido"

"¿Un malentendido?" Dante se acercó, sus pasos lentos, deliberados. No miraba a Marco. Miraba a Elena. Miraba la sangre en su rodilla, el rasgón en su vestido, la forma en que respiraba demasiado controlada para alguien que acababa de pelear por su vida. "Explica este malentendido."

"No sabíamos que era tuya; que era de los tuyos recibimos información"

"Recibieron información equivocada." Dante se detuvo junto a Elena, tan cerca que ella podía sentir el calor de su cuerpo. No la tocó. No necesitaba hacerlo. "Y ahora mi prima está sangrando."

Prima. La palabra golpeó a Elena con más fuerza que cualquier puñetazo. Él nunca la había llamado así. Nunca la había reclamado públicamente.

Marco parecía estar calculando sus opciones. Eran pocas. Eran malas.

"Fue un error. No volverá a pasar."

"No." Dante sonrió, y era la sonrisa más fría que Elena había visto en su vida. "No, no pasará."

Hizo un gesto mínimo con la cabeza. Sus hombres avanzaron.

Marco gritó una vez un sonido cortado, como un vidrio rompiéndose, y luego el callejón se llenó de ruidos que Elena conocía demasiado bien: golpes sordos, huesos crujiendo, el sonido húmedo de la carne encontrando el suelo.

Elena miró hacia otro lado. No porque le importara Marco. Sino porque Lia Moretti habría mirado hacia otro lado.

Dante observó todo. Luego desvió su atención hacia ella.

"Ven."

No era una invitación. Elena recogió el paquete abandonado en el suelo, manchado de sangre —y lo siguió.

El departamento de Dante ocupaba toda la planta superior de un edificio del siglo XVII en el centro de Roma. Desde afuera, parecía abandonado, persianas cerradas, sin nombre en el timbre, buzón desbordado. Adentro, era una fortaleza tecnológica con alma de museo: pisos de mármol pulido, techos con frescos originales y sistemas de seguridad que rivalizaban con los de la Embajada estadounidense.

Elena se sentó en un sofá que valía más que su coche, el paquete en su regazo, mientras Dante preparaba dos vasos de whisky en un mueble bar tallado a mano. No había hablado desde el callejón. No había respondido a ninguna de sus preguntas.

Ahora él volvió, le entregó un vaso y se sentó frente a ella. No en el sofá, en una silla. Posición de entrevistador, no de anfitrión.

"Bebe."

Elena bebió. El whisky quemó, doce años, single malt, caro. Mantenía sus manos firmes con esfuerzo.

Dante la observó beber. Luego dijo, con la misma voz tranquila que usaba para ordenar ejecuciones:

"¿Dónde aprendiste a pelear así?"

El corazón de Elena dio un vuelco. Había ensayado esta pregunta veinte veces con Webb, cincuenta veces sola en su apartamento. Tenía la respuesta preparada, pulida, perfecta.

"En el colegio. Las monjas eran brutales."

Dante no sonrió. "Las monjas no enseñan a desarmar hombres con cuchillos."

"Los hombres en Sicilia enseñan. Cuando creces sin hermanos, aprendes rápido o aprendes a sangrar."

"Y sin embargo, cuando te atacaron, no huiste. No negociaste. No usaste el hecho de que eres una mujer para ablandarlos." Inclinó la cabeza, sus ojos grises perforándola. "Peleaste como alguien entrenado. No como alguien que sobrevive. Como alguien que mata."

Elena mantuvo su expresión neutral, pero por dentro su mente corría. Él había visto demasiado. Había interpretado cada movimiento. Esto no era una entrevista, era una autopsia.

"Ellos iban a matarme", dijo. "La gente hace cosas cuando va a morir."

"¿Iban a matarte?" Dante se inclinó hacia adelante, sus codos en sus rodillas, su cercanía una amenaza. "Marco trabaja para los Santi. Los Santi roban cargamentos, no matan mensajeras. Te habrían robado, golpeado quizás y dejado ir. Pero tú no lo sabías. Tú viste cinco hombres en un callejón y decidiste que la única salida era a través de ellos."

Elena abrió la boca para responder.

Dante levantó una mano. Ella se calló.

"No sé quién eres", dijo, su voz tan suave como el filo de una navaja. "Pero sé lo que no eres. No eres una prima lejana que sirve copas. No eres una chica de pueblo que tuvo suerte. Eres alguien que ha sido entrenado para matar con sus manos desnudas, y que eligió no hacerlo esta noche porque sabía que yo estaba observando."

El silencio cayó entre ellos como una guillotina.

Elena pensó en su arma de respaldo, escondida en el dobladillo de su vestido. Pensó en la distancia a la puerta. Pensó en su hermana, fría en una mesa de acero.

Dante la observaba leer cada pensamiento.

"Tengo una propuesta para ti", dijo finalmente. "Una oportunidad de vivir."

Elena esperó.

"Vas a trabajar para mí. Directamente. Tus ojos, tus oídos, tus manos. Me contarás todo lo que veas, todo lo que escuches, todo lo que sospeches. Y yo decidiré si esa información te mantiene con vida."

"¿Y si me niego?"

Dante sonrió esa sonrisa de depredador que ella recordaba de la primera noche. "Entonces le contaré a mi tío lo interesante que eres. Él tiene métodos más... tradicionales para extraer verdades. Y cuando termines de contarle todo, él te matará. Pero no rápido."

Elena tragó. El whisky ardía en su estómago.

"¿Por qué no matarme ahora?"

"Porque eres útil." Dante se levantó, caminó hacia la ventana, miró hacia la noche romana. "Porque quienquiera que te envió cometió un error: te hicieron demasiado buena. Y porque..." Se volvió, sus ojos encontrando los de ella. "Porque tengo curiosidad. Hace mucho que no conozco a alguien interesante."

Elena se puso de pie lentamente, el paquete olvidado en el sofá. "No soy tu juguete."

"No." Dante se acercó, paso a paso, hasta que estuvo tan cerca que ella podía ver las diminutas líneas alrededor de sus ojos, el cansancio que escondía su máscara de control. "Eres mi proyecto. Mi inversión. Mi riesgo." Levantó una mano y, por un momento terrible, Elena pensó que iba a tocarla. En cambio, señaló el paquete. "Abrelo."

Elena dudó, luego caminó hacia el sofá y rasgó el sobre.

Dentro había fotografías. Docenas de ellas. Hombres, mujeres, niños. Algunos en restaurantes, otros en sus casas, otros en situaciones que no dejaban dudas sobre su destino. En cada una, una marca: una rosa negra, dibujada en la esquina inferior derecha con tinta indeleble.

El mundo se detuvo.

"No era un paquete de dinero", dijo Dante desde detrás de ella. "Era un mensaje. Mi tío quería saber si podrías ser confiable. Quería verte con ellas. Quería ver tu reacción."

Elena levantó las fotos con manos temblorosas de verdad, no actuadas y encontró, en el fondo del montón, una cara que conocía.

Sofía.

Su hermana, viva, sonriendo en la entrada del Vesper Lounge, su cuello todavía intacto, su corazón todavía latiendo. La foto tenía fecha de tres días antes de su muerte.

"No sabía que ella era tuya." La voz de Dante había cambiado a más suave, casi humana. "No lo supe hasta que vi tu cara ahora."

Elena se volvió hacia él, las lágrimas que había contenido durante semanas quemando detrás de sus ojos. "¿Quién la mató?"

Dante la miró largamente. Luego dijo algo que ella no esperaba:

"No lo sé. Pero voy a ayudarte a descubrirlo."

El shock la golpeó como un puñetazo. "¿Por qué?"

"Porque mi tío ordenó esas fotos. Porque él sabía quién era ella. Porque si hay algo en mi familia que no tolero, es que maten a mujeres jóvenes y dejen rosas en sus cuerpos como si fueran trofeos." Su mandíbula se tensó. "Y porque ahora tú me perteneces, Lia. Y yo protejo lo que es mío."

Elena se quedó paralizada, el peso de sus palabras de su mentira, de su misión, de su hermana aplastándola contra el suelo de mármol.

Fuera, Roma continuaba su noche, indiferente.

Dentro, una alianza imposible acababa de nacer.

Esa noche, Elena encontró una llave debajo de su almohada. Una llave antigua, de hierro forjado, con una nota escrita a mano: "Estudio. Medianoche. Ven sola."

No dijo qué encontraría allí.

No dijo si saldría viva.

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