Capítulo LVIII

—¿Quieres mermelada de zarzamora?

Me gustaría que viese la sonrisa infantil que tengo justo ahora.

—Sí, por favor, pero en un frasco. Me encantaría compartirla con mi padre. —Se ríe—. Por cierto, Eva, no tienes que hablarme. Me distraes de mi labor.

—Eh, que solo vine a ofrecer un dulcecillo. —Me palmea el abdomen—. Además, necesitas engordar.

Antes de recibir contestación, se va con una fina carcajada a su paso.

Niego.

Este lugar es hermoso; el

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