Capítulo 7. Creí morir.

Elizabeth Wardwell.

La mañana llegó rápidamente.

No, raya eso.

¡Que absurda mentira! Nunca, en mis veinte años, deseé que el tiempo fuera de prisa, para que el tormento cesara.

Cada vez que el rey tomó a alguien, lo sentí.

El estúpido vínculo hizo que el dolor en el pecho fuera intolerable. Debo haberme desmayado un par de veces por el dolor que se esparcía como pólvora por cada célula.

Le rogué que se detuviera. Golpeé las paredes hasta que mis puños sangraron, pero fue en vano. Incluso rompí cada objeto de la habitación, con tal de llamar su atención y que se detuviera.

Tomé uno de los cristales rotos del suelo y corté mis piernas con la esperanza de que detuviera el dolor. Pero el sufrimiento, no se detuvo.

Él quería hacerme sufrir, quería provocarme dolor. Lo que pasó anoche fue una declaración de guerra. Una declaración que hablaba claramente, sobre las consecuencias de desafiar al alfa… al rey de alfas.

Lo que él no sabía o quizás sí, era que yo también era una criatura testaruda. Y esa declaración, corría para ambos lados.

Tarde o temprano obtendré mi venganza… ¡Oh y cómo planeaba saborearla!

Abrí los ojos, cuando los rayos del sol tocaron mi rostro. Mi cuerpo se sentía como si un camión me hubiera atropellado. Todo dolía, incluso respirar.

Lentamente, miré a mi alrededor y mi respiración quedó atascada en mi garganta, cuando vi al rey sentado en la silla a fuera del baño, con la mirada fija en mí y la cabeza apoyada en su mano.

Su cara no delataba nada. ¿Se arrepentía? ¿Me escucho rogarle que se detuviera?

Me quedé sentada devolviéndole la mirada. Si pudiera mirarme al espejo, diría que me veía como un estropajo humano.

Se aclaró la garganta con un sonido seco, rompiendo el silencio de la habitación.

La cadencia pausada de su voz delataba el aislamiento de su propia bestia.

Fijó sus ojos en mí y preguntó: —¿Pudiste permanecer consciente durante la noche? ¿Cuál es tu estado ahora?

¿Cuál es tu estado ahora? ¿Es en serio?

Un ser humano normal preguntaría ¿Estás bien? Y llamaría al médico. Haría cualquier otra cosa, menos eso. Pero no…

Después de torturarme durante horas, todo lo que se le ocurría preguntar era cuál era mi estado.

¿Era estúpido? ¿o de verdad era incapaz de poder ver el daño que me provocó?

Solté una risa seca, antes de suspirar…

Apunté a mi cuerpo lentamente, mientras le dije: —¿tú crees que estoy bien?

Me apoyé en la mesa auxiliar para poder levantarme. T

odo dolía, todo pesaba. Ni siquiera podía ver si había algo roto.

Sentí que el mundo giraba. Seguramente debe haber sido por la cantidad de sangre que perdí. Caminé lentamente hasta llegar a la cama y me dejé caer.

Recosté mis cansados huesos, dándole la espalda.

Cerré mis ojos con la intención de olvidarme de todo. Durante este momento, ninguno dijo nada.

Nunca había pensado en morir antes, pero… ¿Ahora? ¿Cuál era el punto? ¿para qué seguir viviendo?

Suspiró profundamente, una señal de la tensión contenida que aún dominaba su cuerpo.

Su voz descendió a una frecuencia pausada y cargada de una amarga fijeza: —¿Por qué me desafiaste?

¿De verdad me preguntó eso? ¿Me estaba culpando de lo que él hizo? ¿A mí?

Abrí los ojos, fruncí el ceño y me giré para observarlo.

Él, seguía sentado con la vista fija en mí.

Le dije: —¿En qué m****a estaba yo pensando? La última vez que chequeé, eras tú el que se estaba cogiendo a esas mujeres.

Resopló y vi como apretó los puños contra la silla, hasta que los nudillos se volvieron blancos.

Movió la cabeza en negación mientras decía: —Nada de esto hubiera pasado, si tú…

—¿Si - yo - qué? —Lo interrumpí de inmediato. —Nada justifica lo que pasó anoche, alfa. Nada. Y si antes tenías la mínima esperanza de que yo cediera ante el estúpido vínculo de pareja, que me enamorara de ti y te amara intensamente, pues ahora ese puto vínculo está roto. Anoche te encargaste de romperlo por completo.

Respiré profundo y seguí diciendo: —A pesar de que llevo tu marca, ya no siento nada por ti. Esta fue la única vez, en tu patética vida, que me provocaste daño. Si no hay vínculo, ya no importa con cuántas lobas te acuestes. No sentiré nada.

Frunció el ceño fijando una mirada gélida en mí. —¿A qué te refieres? No intentes desviar la conversación. Mi pregunta no es sobre mis acciones, si no sobre las tuyas.

Se puso de pie y caminó hacia mí. Se sentó en la cama y tomó mi mano. Yo… lo dejé.

Abrió mucho los ojos, al darse cuenta de que no había chispas. —¿Qué fue lo que hiciste, mujer? Dime, ¿Qué le hiciste al vínculo? ¿Por qué no siento la descarga?

Le regalé una sonrisa triste, quité mi mano de la suya y le di la espalda.

Abracé mis rodillas y cerré los ojos con el afán de olvidar. Porque ahora, en este preciso momento…

No podía estar más sola.

Se quedó en silencio por unos minutos y dijo: —¿Dónde está tu loba? Fenrir no puede sentirla.

Suspiré mientras las lágrimas caían por mis mejillas.

—Anoche, cuando creíste que me castigabas al cogerte a esas mujeres, rompiste el vínculo, matando a mi loba... No sabía que tenía una, hasta el momento en el que ella me lo dijo.

—No pudo tolerar el dolor, porque prefirió recibirlo todo a que yo lo sintiera. Tomó el control y me encerró. Me lo devolvió cuando no pudo aguantar más.

—Dio su vida por mí y yo ni siquiera la conocí… ¡MURIÓ POR MÍ!

Solo había silencio. Luego quien sabía qué era lo que estaba pasando dentro de su cabeza, el rey perdió la compostura.

—¡No puede ser posible! ¡tu loba es una alfa dominante! No, ¡estoy seguro de que tú dañaste el vínculo, bruja!

El rey dejó caer su comando con violencia y entonces lo entendí.

Nunca había sido inmune a los comandos alfa.

Ella siempre los había soportado por mí. Siempre había estado ahí... protegiéndome sin que yo siquiera lo supiera.

Pero ahora ya no estaba.

Todo el peso del comando me golpeó de lleno. El mundo se volvió completamente negro.

________________

—¡Elizabeth! ¡Hey! ¡Despierta! ¡Carajo! —se escuchó como si hicieran sonar los dedos.

—¿Crees que podrá salvarse, Martha?

—No lo sé. Lo que vivió con ese hombre la dejó muy mal herida.

—¿Y su loba? ¿Crees que podrás salvarla? ¿Cómo es que nadie se dio cuenta de que ella tenía una loba?

—Su loba está dormida, Dominico. Despertará cuando esté lista. Una forma de protección que tiene su loba es la hibernación....

...Cuando sus heridas son catastróficas, los lobos hibernan para sanarse a sí mismos, pero también para sanar a sus humanos. Ella es una alfa dura. Estará bien en un par de semanas. Y no es que nadie lo supiera…Yo siempre he sabido quien es ella… Pero parte de su viaje es descubrirlo por sí misma.

—¿Y su alma? ¿Crees que sanará algún día?

—Eso es otra cosa. El rey destruyó su alma, más que a su cuerpo. Solo espero que no haya perdido la capacidad de amar y de entregar bondad. ¡Carajo! Sabía que no debía dejarla ir con ese hombre. Mis entrañas me decían que no estaba lista.

—No te culpes, Martha. Beth es testaruda. Ella siempre hace su voluntad, desde que éramos pequeños. Mis padres tampoco podían controlarla. Creo que a ti te hace más caso que a ellos.

Escuché toda esa conversación sin poder abrir los ojos. Pero al entender que no había perdido a mi loba, sino que solo estaba dormida, esperando a estar lista para despertar, me dio el coraje para hacerlo.

Aún tenía en mí… esperanza.

Lentamente abrí los ojos y ahí los vi: Martha y Dominico, mi pequeño hermano.

Fruncí el ceño y les dije, —¿Dónde carajos estoy?

—¡Beth! ¡Oh, gracias a las diosas! ¡Creí que te habíamos perdido! —me dijo Martha con lágrimas en sus ojos, mientras abrazaba mi adolorido cuerpo.

Es curioso que sienta dolor, cuando claramente no es mi cuerpo real el que está abrazando.

—Respondiendo a tu pregunta, hermana, después de todos estos días, por fin fuimos capaces de eludir el conjuro que tiene puesto en el palacio. Tu cuerpo está inconsciente allá, así que estamos hablándole a tu subconsciente, o sea, estamos deambulando entre tus sueños.

Me senté y miré a mi alrededor. Estaba de vuelta con el aquelarre.

Suspiré y les dije: —Que tú estés aquí con Martha, significa que eres el ancla para poder encontrarme. Sangre de mi sangre, querido hermanito… Has afinado tu don. ¡Me alegra!

Vi como los dos asintieron en silencio.

Dominico dijo: —con un hechizo localizador, dimos contigo rápidamente en el lugar físico y cómo estás inconsciente, ahora es muy fácil poder caminar en tus sueños. Pues aún no podemos rescatarte, pero podemos comunicarnos así.

Asentí, mientras dije: —El rey, ¿cómo es capaz de eliminar la magia?

—Reliquias. La diosa Hécate nos dijo cuál era. No estaba para nada contenta de que el rey desafiara a las diosas. En realidad, la triada estaba cabreada con él. Así que ellas y los ancestros han estado más conversadores que de costumbre. —Me dijo Martha, con una visible emoción en su voz.

Otra curiosidad: Martha parecía más una joven adolescente que una bruja veterana. ¿Qué ha pasado en estos días que no me están diciendo?

Dominico interrumpió mis pensamientos.

—Pues el rey es bastante astuto, para algunas cosas, pero para otras… es un completo idiota.

Resoplé, molesta. —No veo falla en tu lógica, mi querido hermano. Luego suspiré y añadí, —creo que estoy desmayada. Lo último que recuerdo era al rey dejando caer su comando sobre mí. ¡Maldito idiota! ¡Duele como un carajo! El hijo de puta me torturó durante horas…

—Lo sabemos. —Ambos hablaron a la vez.

—¿Y cómo lo saben? —pregunté inquisitiva. Odio que me oculten cosas… Siempre he odiado que me dejen en la oscuridad.

Dominico se rascó el cuello diciendo: —Michael. No sabemos cómo, ni por qué… pero él… sintió todo lo que tu sentiste.

Me quedé helada y en banco. ¿Michael? ¿Mi Michael? ¿Cómo? ¿Por qué? —Alguien que hablé por favor.

Martha rompió el silencio. —Ehhhhh… Después de tu captura, Michael volvió al aquelarre y nos contó todo. Se volvió loco, Beth. Destrozó su casa, devastado. Y anoche, sintió el primer dolor en el pecho. Fue describiendo todo lo que sentía… eran como visiones que iban y venían, pero el dolor nunca se fue. Le di un tranquilizante y ahora por fin duerme.

Algo en mí… se quebró. No poder estar ahí con él…

Que Michael haya sentido todo lo que pasé… yo no quería esto. Jamás habría querido esto.

—Tendrás que resistir, Beth. El rey es una puta bestia que no tiene idea de cómo tratar a cualquier ser humano. Y mientras tu loba esté en hibernación, pues… básicamente eres una humana. —Dominico habló como si se intentara disculpar por mi mala fortuna.

Mi loba…. —Martha, ¿Cómo es posible que tenga una loba? ¿tu lo sabias? ¿Por qué dominico no tiene y yo sí?

—¡Hey! Tranquila tigresa… Lo que tu eres, tienes que averiguarlo tu misma. Tu sabes como funciona. No puedo decirte nada. Es parte de tu viaje. Solo los ancestros pueden decirte cosas. Y aunque quisiera…cuando asumí ser la bruja suprema, me hechizaron justamente para evitar de que hablara demás.

Maldecí. —¡Carajo!

—Beth, para anular la reliquia solo debes decir, “recludam reliquia”. El problema es que debes encontrarla. Según los ancestros, está ubicada dentro del harén. —Ahí estaba dominico, hablando como todo un brujo de elite.

Abrí mucho los ojos mientras le dije: —¿Me estás jodiendo, Dominico? ¿Entrar al puto harén? ¿y cómo se supone que haga eso?

—No culpes al mensajero. Yo no fui quien la escondió entre medio de todas esas mujeres. —Lo dijo mientras levantó sus manos en señal de rendición.

Me rasqué el puente de la nariz —¿Cómo es la reliquia?

—Es un halcón de oro. Es todo lo que dijeron. No sabemos el tamaño ni el lugar específico.

De repente, sentí como si me llamaran. Miré al horizonte, y vi una luz blanca que me estaba convocando. Suspiré profundo y les dije: —debo volver. Me comunicaré de nuevo en la noche. ¿Está bien?

—Ten cuidado, Beth. Prométeme que te cuidaras, ¿esta bien? Eso significa morderte la lengua de ser necesario. ¡Deja de arrebatarle el control al rey! —me dijo Dominico, mirándome con sus ojos azules llenos de preocupación y ternura.

—¡Yo no hago eso! ¿Por qué lo dices?

—¿Será que te conozco? Y… tienes un talento especial para alterarle los nervios a todos. —Me dio esa sonrisa que llegaba a sus ojos… Esa sonrisa real.

Suspiré. —Lo sé, hermano. Lo sé. Créeme, que sobreviviré a este tirano. No sé cómo, pero lo haré. Te lo juro.

—Sé que lo harás, hermana.

Y con eso, los tres nos abrazamos fuertemente mientras me dejé llevar por la luz brillante que me convocaba a volver a esta realidad.

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