Capítulo 6. Dolor.

Benjamín Drake.

Tras suspender el castigo de Elizabeth, la casi pérdida del control en mi sistema requería una estabilización inmediata.

Me dirigí al pabellón de las consortes. Lucio, siguiendo los protocolos, ya había emitido mi mandato para que estuvieran disponibles y dispuestas para la eliminación de mi estrés.

—Sabes muy bien que el origen de tu estrés tiene nombre y apellido: Elizabeth Wardwell.

Cállate, Fenrir.

—Hazme callar, idiota.

Tensé la mandíbula, conteniendo el impulso de encerrarlo de nuevo tras el muro de hierro. Desde que mi bestia la marcó, éste se ha vuelto más… vocal y oposicionista.

Al ingresar, evalué el harén; las consortes permanecían dispuestas sobre los tapices de piel, con vestimentas que poca utilidad tenían, diseñadas para facilitar el acceso… Mi acceso.

Cada una representaba una adquisición estratégica. Aunque procuro administrar mi tiempo de forma equitativa entre cada una, Ámbar se mantenía como la pieza central de mi selección.

Poseía una piel similar al ébano más puro, coronada por una densa cabellera ondulada. Ámbar pertenecía a la estirpe felina; cuando su transición liberaba a Pandora, su pantera interna, la nobleza de su linaje quedaba de manifiesto.

—Mi rey —susurró demostrando una sumisión altamente sofisticada.

Avancé hacia ella con paso firme. La aseguré por la espalda mediante un agarre de firmeza deliberada. 

Ella se giró, enlazó sus piernas alrededor de mi cintura, consolidando la postura a horcajadas.

Un ronroneo vibró en su pecho mientras capturaba sus labios en un beso de alta intensidad, buscando sofocar la tensión que me consumía.

¿Cómo toleras que te toque, Drake? Tienes más estómago que yo —intervino Fenrir, desenfocándome con su cara de querer vomitar.

—Deja de interrumpirme, Fenrir —le ordené mentalmente, conteniendo la frustración—¡Déjame liberar este estrés en paz!

Ámbar continuaba gimiendo, presionando su anatomía contra mí, buscando acelerar que la poseyera.

¡No, Drake! Si la tomas en este estado alterará la esencia de Beth —rugió la bestia, liberando ráfagas de hostilidad en mi mente—. Mi ser rechaza a cualquier hembra que no sea Elizabeth. Exijo reclamarla de nuevo. ¡Regresa con nuestra consorte ahora!

A mi pesar, la intervención de Fenrir me hizo entender una realidad devastadora: la proximidad de Ámbar comenzó a generar un rechazo instintivo en mi cuerpo, una distorsión provocada por el reclamo de exclusividad del vínculo.

Sin embargo, el imperativo físico de liberar la tensión contenida seguía activo.

 Me desnudé completamente, mientras mantenía a Ámbar completamente expuesta y receptiva debajo de mi posición.

Su cuerpo estaba preparado. Bastaba una mirada para saberlo. En ese microsegundo de fricción, la voz de Fenrir impactó mi mente diciendo:

Cancela lo que estás haciendo de inmediato, idiota y dirígete a la habitación de Elizabeth. Si quieres liberar la tensión, nuestra hembra se está… explorando sola en la tina.

Fruncí el ceño al procesar las palabras de Fenrir.

Imaginar a la pura y virginal señorita Wardwell, explorando por su propia cuenta la anatomía que me pertenecía por derecho real, resultó ser más tentador que proceder con Ámbar.

Interrumpí el contacto físico, me coloqué de pie con rigidez marcial y le dije: — volveré más tarde. Algo surgió.

Sin esperar un segundo más, abandoné el pabellón de las consortes para dirigirme a su habitación.

Al llegar a su suite, encontré el acceso bloqueado; utilicé la llave de anulación maestra para liberar los cerrojos de inmediato.

Su esencia de coco y vainilla impactó mis sentidos con violencia, provocando una respuesta instantánea y masiva en mi cuerpo.

Avancé hacia el baño. Tras forzar el mecanismo de la puerta con movimientos medidos, la ubiqué. Permanecía sumergida en la tina con los ojos cerrados, tocando lo que legalmente me pertenece por derecho.

Toda ella poseía una majestuosidad incuestionable en ese entorno.

—Y tu querías follarte a esa gata… Tienes que ordenar tus prioridades, hombre.

Tensé la mandíbula. —¿Siempre tienes que ser tan… explicito? No es digno de un monarca.

Una carcajada extremadamente sonora se expandió en mi mente. Pero su respuesta fue aún más insolente.

¿Y tú no te cansas de tener metido un palo en el culo? Te propongo un trato. Si asumes que la deseas tanto como yo, entonces intentaré hablarte bonito. ¿Cómo suena eso?

Resoplé… Molesto. —Suena a que alguien pasará otra temporada, encerrado, bajo el muro de hierro.

—¡Uy! Que miedo me das… Te gano por muchos siglos de edad, Drake… cualquier pensamiento que tengas de control, puedo cortártelo en un segundo. Ya es hora de que comiences a asumirlo. —No dijo una palabra más y solo se limitó a acostarse en el suelo de mi mente.

Observé como su actividad aumentaba ya que se aproximaba a su liberación. La tensión acumulada en mi cuerpo lo hacía doloroso e incómodo y ante semejante visión, ningún hombre podría evitar su descarga.

La situación colapsó cuando en el momento de su orgasmo, de sus labios escapó el nombre de otro macho. El impacto fue devastador.

Fenrir forzó una transición parcial instantánea, asumiendo el control con un imperativo de sumisión absoluta.

 La situación era inadmisible: resultaba aberrante que esta mujer recién marcada conservara la huella de otro hombre. ¡Esto no podía pasar!

Mi bestia gruñó lo que hizo vibrar los muros, manifestando una hostilidad letal. Nos posicionamos en postura de asalto, listos para cazarla, pero notamos de inmediato que la loba de ella había asumido el control.

Sus ojos proyectaron una luminiscencia dorada de alta intensidad, y su emanación de energía confirmaba que nos enfrentábamos a una hembra Alfa dominante de primera categoría.

Tras ese breve pero masivo intercambio de dominación, comprendí una verdad incómoda: ambas poseían una rigidez psicológica superior a la que había previsto.

Doblegarlas exigiría la aplicación sistemática de una estrategia de desgaste y dolor.

Fenrir dictó el castigo, impulsado por una combinación de furia destructiva y orgullo herido.

Sin restituirme el control de mi cuerpo, nos replegó de inmediato hacia el pabellón del harén para ejecutar la contraofensiva que habíamos anunciado.

La bestia retuvo el mando con una rigidez inusual, manifestando una intención deliberada de infligir un daño a ella, a través del vínculo de pareja.

Fenrir tomó a Ámbar mediante una maniobra primitiva, desprovista de cualquier protocolo de afinidad o cuidado.

La tomó a horcajadas, justo en el eje del muro colindante a la suite de nuestra consorte legítima, asegurando el máximo daño a través del lazo.

Si Elizabeth y su loba han decidido iniciar una guerra con nuestro vínculo, responderé con la misma violencia.

Comunicó Fenrir, su voz mental cargada de una letal amargura.

—Seré implacable. Existen situaciones que puedo tolerar y hasta entender, pero el sabotaje a nuestra conexión es una declaración de guerra. Exijo castigarla en tiempo real, Drake. Forzaré su colapso de forma idéntica al que acaba de infligirnos.

Fenrir actuó antes de que pudiera detenerlo, ya que operaba bajo una sobrecarga de ira, un diagnóstico que yo también compartía.

El impacto del vínculo de pareja había perforado nuestras defensas racionales con una profundidad considerablemente mayor de la que alguna vez creímos posible.

El diseño del castigo poseía el potencial de desmantelar la estructura mental de cualquier loba.

El vínculo de almas gemelas constituía un lazo sagrado; de hecho, era una de las escasas directrices de las deidades que respetaba.

Cuando un Alfa era infiel al vinculo, la consorte legítima procesaba el engaño en tiempo real; el impacto se somatizaba de forma severa, induciendo un colapso en su sistema inmunológico.

El umbral de tolerancia al daño dependía estrictamente de la jerarquía de la mujer, y dado que la firma de nuestra hembra correspondía a la de una Alfa dominante de primera línea, calculábamos que su resistencia al dolor era masiva.

Había sobrevivido a la mordida de nuestra marca, después de todo.

El despliegue de Fenrir fue de una agresividad temeraria. Sometió a Ámbar mediante una secuencia de embestidas rígidas, veloces y desprovistas de cualquier afecto, llevando la capacidad de la consorte a su límite.

Sus gemidos confirmaban que su cuerpo respondía, aunque yo ya no encontraba satisfacción en ellos.

Una mueca de fría satisfacción se dibujó en nuestras facciones cuando los primeros registros de agonía cruzaron el muro desde la suite contigua.

Espero que, con esto, esta mujer testaruda aprenda.

Sentenció Fenrir a través del enlace mental.

¡Y no te atrevas a llamar al médico, Drake! Déjala que se las arregle sola. Ella se lo buscó. Le advertí que se sometiera por las buenas.

Eran escasas las ocasiones en que mi bestia operaba con tal nivel de desapego y, a decir verdad, en este escenario decidí no intervenir.

Su devastación interna guardaba una semejanza exacta con mi propio dolor.

Escuchamos sus gritos de colapso. Registramos los impactos físicos contra la pared.

Percibimos el instante exacto en que la loba de ella intentó forzar la apertura del enlace mental para implorar una tregua y, en lo más profundo de mi conciencia, un vestigio de debilidad amenazó con quebrar mi postura.

Una parte de mi exigía detener la ejecución de este castigo y marchar a su habitación para estabilizarla, consolarla; sin embargo, el orgullo y la disciplina se impusieron como directrices prioritarias.

Desde una perspectiva estrictamente estratégica, esperaba que esta fuera la última ocasión en que requiriéramos castigarla de forma tan destructiva, pues mi propia tolerancia al proceso rozaba su límite.

Ella debía considerarse afortunada de que la sanción se limitara a esto en lugar de una ejecución por azotes. Si persistía en este nivel de hostilidad y desacato, el periodo de castigo se extendería por una semana.

Asume el control, Drake.

Comunicó Fenrir de forma abrupta, su voz mental apagándose en un eco de amargura.

A pesar de la necesidad que tengo de prolongar el castigo... el contacto con Ámbar me asquea. No puedo tolerar más su tacto.

Acto seguido, Fenrir me devolvió el control, retirándose hacia los confines de mi mente en un estado de aislamiento y lamento salvaje, sordo a todo.

Me encontré de pronto al frente, completando la penetración de la felina de manera fría, distante y con la precisión mecánica de un mercenario ejecutando una orden de rutina.

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